Cultura es Cultivar, es su lema. Si los libros son una de las tantas puertas posibles a la ampliación de la percepción hegemónica cotidianizada, esta política de hacer tránsito con los libros es una máquina transformadora del modo de abrazarlos. Y es que el proyecto de La Hoja tiene su origen en un modo revolucionario que deja en jaque en enfoque tóxico que sostiene las relaciones especulativas de la economía mundial: la desconfianza. ¿Querés leer un libro? Te acercás a Cecilia, a Gonzalo* o a cualquiera de lxs colaboradorxs ad-honórem de La Hoja y te lo llevás. ¿El pacto tácito, sin firmas, sin Documentos? Te comprometés a devolverlo en los siguientes ocho días.
(( Para escuchar el audio completo de la entrevista hacé click acá. ))
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Esta perspectiva de trabajo no sólo es transgresora desde el momento en que propone sostener las relaciones del libro desde el desprendimiento (nadie los posee para siempre, deben circular, y además, todo libro que está en La Hoja proviene de un gesto de donación). Sino también porque recupera lo sagrado del valor de la palabra: si no los devolvés, sos vos el que está violentando una lógica que de por sí es distinta, y que eligió dejar de contar el haber de los ejemplares desde la especulación de la escasez y la carencia posible.
Curioso el modo en que surge la iniciativa, porque -nos cuenta Gonzalo entre mates importados de Argentina por quien les escribe- que todo nace de un intercambio de palabras con una pareja de argentinxs (Matías y su compañera) en una plaza cantando un lunes lluvioso canciones de Fito. El ambiente cultural de Buenos Aires, su "calidad artística", la fachada de sus estaciones de tren y sus "fábricas culturales" -así es como Gonzalo elige denominar a los espacios abiertos autogestivos que ya por entonces abundaban en Buenos Aires-, generaron en él y Cecilia, su compañera, las ganas de hacer algo en Villa de Leyva y la sensación contagiosa que otorga la movida artística autogestiva vivenciada de primera mano de que todo es posible con un buen equipo de brazos, corazones y cerebros activando. Así que regresaron a Colombia y, con este espíritu, surgió la propuesta de La Hoja. Ellxs mismxs comenzaron a socializar sus propios libros y ese mismo día varias personas empezaron a traer para el espacio no sólo sus libros, sino también cojines, cuadros, una cafetera, y en poco tiempo un artista de la zona (Octavio) les facilitó un local donde el proyecto vio su inicio materializado.
Después de esto, los locales ofrecidos se multiplicaron, y hoy La Hoja cuenta con tres espacios que funcionan en Villa de Leyva, además de una serie de sucursales móviles (como cafés, restaurantes, locales) que tienen su pequeño espacio con libros para que la gente pueda leer mientras permanece en ellos. Más de treinta voluntarios prestan servicio social durante la semana ad-honórem. Chicos como Camilo, que nos acompañaba silencioso y atento, son parte de los adolescentes que cumplen sus horas de voluntariado dentro de la Biblioteca. Aparentemente esto es algo obligatorio en Colombia, y La Hoja es parte de algunos de los espacios en donde es posible intervenir.
Del mismo modo, les han ofrecido una donación después de Navidad de parte de un Centro Comercial de Tunja (pueblo cercano a Leyva) de casitas, que ellxs usarán para instalar pequeñas bibliotecas de La Hoja en las escuelas.
Ceci, la compañera de Gonzalo, lleva libros con un grupo de mujeres a las escuelas rurales para incentivar la lectura y la conciencia: reciclaje, yoga, meditación, música, lectura "pero para enamorarse de la lectura"... Los jueves y sábados, también llevan más de 1500 libros a las ferias de campesinos que se hacen en Villa de Leyva.
"No se sabe quién es más bobo: si el que presta un libro, o el que lo devuelve." Lógicas que aparecen confrontando la propuesta de La Hoja. A lo cual Gonzalo tiene una respuesta tan simple como pertinente: "Si el pícaro supiera lo sabroso que vive el bobo, el honesto... por pícaro, sería honesto." "Lo importante es la riqueza, no la plata."
Pero no todas las anécdotas son de confrontación con el proyecto, diríamos que en realidad son las menos... y que lo que abunda en este historial es un contagio de gratitud e intercambios de toda clase, e incluso, un semillero de historias sorprendentes que parecieran provenir del siglo pasado o a veces, provienen del otro lado del charco. Tal es el caso de una francesa, a quien Gonzalo encontró llorando una tarde, movilizada, emocionada, porque en su país leían mucho, y esto la retrotraía a su tierra, pero no existía -y temía que nunca lo hiciera- un espacio donde la lectura fuese posible de manera tan despojada y sin trabas. O la historia del pequeño colorado pecoso de ocho años, que se acercó a la Biblioteca con un libro para dejar, pero no lo encontraban en el registro. "Disculpa, ¿tú vienes a devolver este libro?", pregunta Gonzalo extrañado. Y él le contesta que no. El dato de color: el niño había caminado dos horas para ir a donar su cuento preferido. "Y cosas así hay todos los días."
Lejos de llevar un recuento de saldos, entradas, salidas, ganancias y devoluciones, La Hoja lleva un registro de qué libros ha leído cada persona que ingresa. ¿El sentido? Gonzalo nos invita a pensar qué es más constructivo: si saber dentro de cien años que mi abuelo robó un libro, algo nimio, absurdo, en una tradición familiar... o si enterarse, de pronto, que mi abuelo leyó cuando tenía ocho años más de veinte libros -como es el caso de una niña cuyo historial Gonzalo me mostraba sorprendido, por la cantidad de libros que la niña había leído en menos de un año.
Emocionado, Gonzalo, dice que esto es parte de una "revolución silenciosa" que se va multiplicando. Ceci también nos da la valiosa imagen de una "ola" de bibliotecas.
La Hoja también es un espacio donde se realizan tertulias literarias semanales, clases de interés cultural gratuitas, e incluso donde se realizan intercambios culturales y sociales. Ceci nos dice que se ha vuelto como un centro de canalización de intereses e inquietudes sociales. Ellxs también han enviado libros a algunas cárceles, y de pronto, recibido las gracias de la mano de un ex presidiario que se acercó expresamente al espacio para manifestarles la magnitud de la importancia de tal gesto.
Y para confrontar con el encierro -porque ningún espacio debe estar excento de la oportunidad de respirar esta fiesta del compartir y co-crear cultura-, también son gestores y partícipes de un movimiento que se llama "Al aire libro". Se juntan en los parques a recitar, leer, hacer música con las orquestas locales. Hace un tiempo -en el marco de este proyecto- hicieron una fiesta de tres días, que finalmente terminó siendo de una semana, que se prolongó no sólo a los espacios verdes, sino en la misma biblioteca, escuelas... han dictado talleres además de realizado actividades varias, invitando a varixs poetas de todo Colombia (esta vez la mayoría de las invitadas fueron mujeres). Y cuentan que incluso han logrado que varias personas que se mostraban inicialmente reacias a la poesía, terminaran escribiendo.
Los alcances impensados de la reverberación de nuestras propuestas no conocen límites, tal vez por eso nuestro compromiso político sea todo el tiempo, como dice la sabiduría tolteca "hacer siempre lo máximo que podemos" en relación a nuestras convicciones. Un día, cuenta Cecilia, les preguntaron por la casilla que estaba de camino a una escuela, todo lo que decía era: Libros al paso. Parece que alguien la llenó de libros para que circule sola. Todxs pensaron que era iniciativa de La Hoja. Pero no: allí está y así se mueve sola, sin dueño, con un silencioso y mágico aporte probablemente hijo del contagio o de una resonancia ideológica común. E historias como ésta, abundan en el relato de Ceci y Gonzalo.
"Y así, entonces, es fácil hacer cultura, dejar huella y hacer tejido de esta red de disciplinas culturales", agrega, fresco y gozoso, Gonzalo.
* Gonzalo Bernal es, además de co-fundador con Cecilia de La Hoja, autor del libro del "Nimierdismo", que sin quererlo se volvió un elemento impulsor del ahora conocido en Colombia como el "Movimiento Nimierdista".





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